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Antiguos Oficios. El pergamino y su fabricación.

El uso del pergamino se conoce desde muy antiguo, aunque su origen varía según los autores. Ctesias y Herodoto nos transmiten que era un material scriptorico típico del imperio persa, cuyo uso estaba muy extendido en el S.V a.C. en toda la cuenca del Mediterráneo. El pergamino considerado más antiguo es un documento griego procedente de Dura Europos, fechado en el S.IIa.C..

En el mundo griego este producto de la piel era llamado diphthéra, en latín membrana. La denominación de membrana pergamena o pergamenum se atribuye al rey Eumenes II (195-158 a.C.), así como el invento del pergamino. El término pergamenum se emplea por primera vez en el edicto de Diocleciano del año 301, que trata “De pretiis rerum venalium”. En occidente ha sido el material scriptórico por excelencia desde el siglo IV aproximadamente hasta el XVI, tanto en los libros como en documentos diplomáticos.

Para libros de lujo en el mundo grecolatino se utilizaba el pergamino teñido de púrpura y se escribía, en este caso, con tintas de oro o plata. Los ejemplares más antiguos conocidos datan del siglo IV al VI, frecuentes en esta época. De entre ellos destaca el Codex Argenteus conocido como el evangeliario de Ulfilas, conservado en la Universidad de Upsala. El uso de este tipo de pergamino se vuelve a imponer en la época carolingia (s. IX-X) con la intención de recrear los modelos de la Antigüedad. Así mismo, era empleado para los documentos de la cancillería bizantina y la cancillería germánica en las grandes solemnidades.

El pergamino se hace con la piel de un animal. Las más empleadas eran las pieles de oveja, cabra y vaca; menos habitual era el uso de pieles de cordero o cabritilla ( por su fragilidad y su pequeño tamaño). La transformación de esa piel en un material adecuado para escribir o encuadernar la realizaba y hoy la realiza el “percamenarius” o artesano de pergaminos. Estos artesanos han existido desde la época carolingia, la románica, la gótica, hasta nuestros dias. En el año 822 el abad Abelardo instituye entre los oficios de la abadía de Corbey, el de percaminarius.

La preparación del pergamino constituia y contituye una labor lenta y complicada, cuyo punto de partida es la elección de la piel. Esta es una tarea complicada y crucial ya que de ella depende la calidad del producto final ( nunca una mala piel dará un buen pergamino, aunque una buena piel sino se ha sabido tratar adecuadamente si puede llegar a ser un mal pergamino).

La primera fase consistía en lavar la piel en agua corriente y fría hasta que estuviese limpia. A continuación se ponía a remojo en pilas de piedra o en tinas de madera con una mezcla de cal y agua por un tiempo que oscilaba entre tres y diez días, se removía el contenido varias veces al día con una pértiga de madera hasta que se les caía el pelo. Se sacaban las resbaladizas pieles una a una y se colocaban con la parte del pelo hacia fuera en una plancha de madera curvada y vertical, llamada canfustre. En esta tabla el pergaminero las rascaba con una cuchilla larga y corva, hasta que se desprendía el pelo por completo.Volvían a ser lavadas en agua corriente y pasaban nuevamente al canfustre para eliminar los restos de carne que pudieran quedar. La piel ya desprovista de pelo y limpia, vuelve a ser puesta a remojo con el objeto de que desaparecieran los restos de cal que pudieran quedar.

En la segunda fase del proceso es cuando la piel se transforma en pergamino. Se ponía la piel a secar para ello se extendía bien tensada en un bastidor de madera. Dichos bastidores podían ser circulares, tal y como los describen los manuales medievales o bien rectangulares como aparecen en un manuscrito de Bamberg del S.XII . Para darles la tensión necesaria las pieles eran clavadas a los bastidores y se les daba toda la tensión que eran capaces de aguantar, dicha tensión y estirado debía ser regular en toda la piel. A partir de aquí ya sólo quedaba esperar que la piel se secara.

El pergamino en este punto era ya totalmente apto para la encuadernación u otros muchos usos, no así para la escritura. Para poder emplearlos para escribir aún era preciso realizar una última tarea enormemente delicada: rasparlos y pulirlos. La cara correspondiente a la flor de la piel (el lado en que estaba el pelo) debía ser raspado para eliminar el brillo satinado que le caracteriza y que impide la escritura. El procedimiento empleado consistía en rasparlos con una piedra pómez o polvo de piedra pómez y posteriormente pulirlos con ante.

Los pergaminos que compraban los libreros probablemente no estaban pulidos, como podemos deducir de los gastos realizados para la “fabricación” de algunos libros.

Las cuentas de la Saint-Chapelle de Páris incluyen, en 1298, los gastos hechos para adquirir 972 docenas de pieles, por importe de 194 livres y 18 sous, más 24 livres y 6 sous por rasparlos, 60 livres por seleccionarlos y 10 sous al tasador. Asi mismo, se sabe que se pagaron 4 libras, 6 chelines y 8 peniques por trece docenas de pieles de ternero destinadas al lujoso Misal Litlyngton de la abadía de Westminster, en 1383-1384. Fue el gasto más importante hecho en el misal, después del realizado con el oro.

El pergamino es un material extraordinariamente perdurable. Puede conservarse en perfecto estado durante mil años o más. No hay fascímil que pueda ofrecer la experiencia de sentir y oler un pergamino medieval.


 
 
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